Caracas, la cómplice

Cuando comienzas una lectura y te detienes en la primera palabra, algo está sucediendo; algo que se desliza entre los extremos puntiagudos de la excelencia y la mediocridad –y hay que tener algo de genio para que el lector se deslumbre apenas culmine la primera palabra, o el lector debe tener algo de idiota-.

El caso es que me pasó sin buscarlo, como suceden la mayoría de las maravillas. Hace poco, cuando el año me regalaba su último día de julio, tropecé con un la espléndida memoria de Plinio Apuleyo Mendoza impresa en el libro Ráfagas de tiempo. Retratos, recuerdos, del cual estoy segura hablaré varias veces más adelante.

Así que caí en el cuento/crónica titulado Un recuerdo de Perón, donde me pasó exactamente el fenómeno descrito al empezar: me detuve en la primera palabra con una inevitable sonrisa que brillaba a tres colores.

«Caracas.»

Ese nombre imponente y dulce, tan ambiguo como la descripción que cualquier caraqueño pueda ofrecerle al mundo sobre nuestra crujiente ciudad. Con esa letra capital en divina negrita, aquel dominante punto final; como si fuera una síntesis de todo el texto, el cómplice más pícaro de Perón (que quizá, hasta cierto punto, lo fue). Invade mi cuerpo éste orgullo cálido que siente cualquier venezolano sin importar la crisis o el clima. Y uno empieza a fanfarronear internamente, porque Caracas es tan bonita que su nombre de primera línea da cosquillas en la boca.

«Caracas.»

Leo nuevamente y sonrío, más que convencida de que el cuento que elegí para ésta tarde con ansia de tinta ha sido un acierto invaluable. Y es que, un texto con semejante principio no puede pecar de mediocre.

Caracas. Un bar en los altos del hotel Nacional, lleno de bonitas prostitutas cubanas. Otros tiempos, los de Pérez Jiménez. El argentino que me ha dado cita allí, un individuo pequeño y vigoroso (…), se levanta de pronto de la mesa, decidido. «Para eso que usted quiere saber, es mejor que vayamos a la fuente», me dice. (…), me lleva a un edificio modesto por los lados de la avenida Andrés Bello. Subimos un ascensor. Golpea una puerta. Y para sorpresa mía, la abre el propio Juan Domingo Perón. Él es la fuente.

–General, se habla mucho ahora en su país de un peronismo sin Perón. ¿Qué piensa usted?

–¿Qué pienso yo? –y rastrilla el «yo» como los cantantes de tango. Las vetas de su cara parecen más púrpuras; en los ojos arde un resplandor de sarcasmo, casi de ira–. ¡Mire, el primero peronista sin Perón soy yo! –exclama con una vehemencia sorprendente y continúa hablando de él en tercera persona–: ¡Es Perón el primer partidario de un peronismo sin Perón! Escaso favor le habría hecho Perón a su pueblo si todo desapareciera con él. El peronismo es un movimiento diseñado para el futuro, una respuesta al capitalismo y al comunismo que nada han resuelto. Unas síntesis, sí. O una tercera vía, para la Argentina, pero también para el resto del continente. El peronismo va más allá de Perón, no morirá con él. Pertenece ya a la historia argentina…

Y las frases van brotando raudas, elásticas, pasionales como las notas de un tango. Sólo que requieren otro ámbito, un balcón, la Casa Rosada, la Plaza de Mayo, un millón de descamisados gritando ahí abajo «Perón, Perón, qué grande sos», y no este desolado apartamento de Caracas donde vive su primer exilio, con las ardientes cigarras del trópico lo atiendo en la luz de la ventana.

PD: Intenté anexar el texto completo pero aparentemente no está en ningún sitio de Internet, al igual que el libro en formato PDF. (Lo siento)

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