Novata

CRÓNICA DE LOS OLORES DE MI CASA

Lunes, siete de septiembre del año en curso.

[Es un piso diez en una torre uno al oeste de la capital de una tierra de gracia (que muchas veces suele abrigarse con cierto prefijo), al final de una avenida extensísima, con el nombre de un prócer que en algún momento se pensó que era arrecho (y que ahora, debido a los colores colectivos que están pisando la segunda década, se le tira tierra al pobre de Páez), con una subida que siempre está nublada, casi pisándole los talones a un elevado cuyo nombre siempre olvido, a menos de media cuadra de un colegio de monjas que se le ha otorgado la pecaminosa etiqueta de ser un campo de entrenamiento para niñas fáciles y un taller mecánico con nombre de apellido religioso debido a la calle mentada de la misma forma, en donde se sitúa un hotel con menos de un año de inaugurado cuya publicidad en la radio viene acompañada de una música tropical seleccionada de forma torpe, pero casi acertada. Todo esto tiene un aspecto hosco, desinteresado, curtido y, a pesar de que las calles estén en lo que cabe limpias, sucio. Esto es El Paraíso.

Se supone que mi apartamento es el 10-C, pero hace unos cinco años cambiamos de puerta debido a un suceso insólito y cansón de contar y no le hemos colocado ni perilla ni, mucho menos, una placa identificando el apartamento. No lo veo tampoco necesario, llevo quince años viviendo en el mismo lugar. Con el mismo piso poroso de granito blanco y las mismas piedrecillas incrustadas que parecen reales –y que a estas alturas no sé si lo sean, el mismo balcón cada vez menos amplio que da hacia un muro de contención que ahora parece de juguete y arriba de él, la misma cota frágil que nunca llegó a los mil sino a los novecientos cinco. Las mismas casitas con las mismas paredes sin frisar, con los mismos bombillos en el improvisado porche y los mismos papagayos hechos de bolsa plástica y pabilo que ondean con una generación de conductores –ya expertos- descamisados y sonrientes.

Cuando llueve con sol, El Paraíso se vuelve un edén confundido]

9:10 AM

Despierto. El humor es una bola de ping-pong que golpea los rincones del humor. No hay suficiente café para tener paciencia.

PING. Hay incertidumbre en las esquinas de mi cama que todavía sigue siendo bote.

PONG. Desayunar con un coctel de antibióticos no es agradable. Huelen a óxido, a tierra seca, a nubes de polvo de laboratorio.

PING. Una suerte de sopor me besa los párpados, la sábana está hecha de una tela demasiado suave que huele a sol y mi almohada a champú de niños.

PONG. Por una de paranoia dulce y auto inducida, siento que huelo a él y recuerdo que he estado lejos de su saliva demasiado tiempo, pero que aun así su olor no abandona mi casa.

12:14M

Huele a incienso de sándalo. El viento me hace el desagradable favor de agregarle esencia de heces de gato recién hechas. Alguien grita afuera. Afuera huele a domingo. Es todavía muy temprano para almorzar.

3:20 PM

El sopor es casi una interferencia holográfica. Huele a carne guisada con berenjenas y calabacín. El curry hizo una jugarreta por allí, el vino de repostería más allá.

6:17 PM

Huele a tierra mojada. El sol se puso como un muchachito a picarle los ojos a la lluvia. Hay un arcoíris delgado que huele a feria de carnaval. La lluvia con sol tiene un encanto distinto. Caracas tristona es más ciudad, dicen.

9:00 PM

Un vaho con olor a químico casero empaña el espejo, la ventana está cerrada todavía. Las gotas siguen adheridas a mi pecho y a mi nuca, huelen a Palmolive naturals: exfoliación diaria. Con avena y azúcar morena. Mis piernas anticipan un olor a crema hipo alergénica de leche y miel y una vez más, mis hombros parecen extrañar sus dientes. Tengo el recuerdo inevitable de su aliento de aguardiente y sexo. Mi sexo. Siempre fue un poeta showsero.

10:04 PM

El olor a pan quemado me recuerda al olor a pescado frito en los días de semana santa, cuando mi abuela hace pastel de chucho y después quema pan para que el olor se disfrace un poco. Mi cena, pues, me recuerda a mi abuela, con la que hablé hace una hora antes de que se fuera a dormir. Mi abuela huele a hospital y a colonia con etiqueta borrosa. A veces huele a sol y a leños quemados. Mi abuelo huele a conserva de coco y a ése aliento medio corrupto, medio correcto de los tribunales.

11:11 PM

Pida un deseo antes de empezar, no rete al cosmos.

Mis dedos huelen a tinta y a lavaplatos. Las noches en El Paraíso son una incertidumbre que brilla con los miles de bombillos amarillos de la Cota. A veces, llega el olor a pólvora y a sangre. En ocasiones la risa irónica del destino se cuela en mis sentidos pero no le consigo cabida en ninguno. Mi almohada todavía huele a champú de niños y mis sábanas tienen un deje a sudor viejo. Tal vez las cambie mañana.


CONFESIÓN QUE IBA ANTES PERO ME DECIDÍ CON PONERLA AL FINAL

Faltan 18 minutos para que el martes correspondiente a la categoría de Rompa el vidrio termine y yo confieso que, a pesar de haber estado haciendo zapping en la web buscando algo que compartir, me di por vencida en publicar hoy. No vi nada convincente, nada lo suficientemente enguayabado como para hacerle justicia al club, así que decidí resignarme. Todo se debe a que Mercurio está por retrogradar y ser géminis es un arma de doble filo, me digo para consolarme un poco.

Gracias a Zeus y a mi memoria desequilibrada, encontré un texto que escribí recientemente como tarea para el taller de Creación literaria que estoy haciendo y que quisiera compartir, entre otras cosas porque es mi primera experiencia con crónicas y porque me siento un poco orgullosa.

La finalidad del ejercicio (que se llamó La casa habla) era hacer una suerte de descripción a nuestra casa como no la habíamos visto antes. Lo que acaban de leer es lo que conseguí después de una semana de frustraciones y hojas rayadas y manchadas de tinta que al final terminaron arrugadas y rotas.

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