(…)

A pesar de sus treinta mil automóviles y de sus cuatrocientos mil habitantes*, del gran número de bares, boites, dancings, restaurants, cines y hoteles, Caracas tiene de noche su aire conventual. Las ventanas están cerradas; las calles, desiertas. Se oye el toque de ánimas. Hay esquinas y portales con cruces y hornacinas. Al Norte se levanta el Ávila. Al Sur corre el Guayre despojado de su verdor de sauces. Al Oeste, Catia, sitio de los primeros establecimientos. Al Este, la gran arteria del futuro. Gentes de todos los países se apoderan de ella. La Ciudad de los Techos Rojos se encuentra hoy en la ruta de un gran éxodo. Esta humanidad trae consigo su propia arquitectura. Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. Sentado cerca de su ventana, contemplarán la noche serena, las estrellas errantes. La brisa esparcirá en torno suyo los secretos del pasado; y movido por la ternura del cielo, por el recuerdo de los jardines desaparecidos, acaso escriba un bello libro.

*Para el 31 de diciembre de 1961, la población de la zona metropolitana era estimada en 1.389.707 habitantes.

Demolición, por Enrique Bernardo Núñez (1895 – 1964)

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