(…)

A pesar de sus treinta mil automóviles y de sus cuatrocientos mil habitantes*, del gran número de bares, boites, dancings, restaurants, cines y hoteles, Caracas tiene de noche su aire conventual. Las ventanas están cerradas; las calles, desiertas. Se oye el toque de ánimas. Hay esquinas y portales con cruces y hornacinas. Al Norte se levanta el Ávila. Al Sur corre el Guayre despojado de su verdor de sauces. Al Oeste, Catia, sitio de los primeros establecimientos. Al Este, la gran arteria del futuro. Gentes de todos los países se apoderan de ella. La Ciudad de los Techos Rojos se encuentra hoy en la ruta de un gran éxodo. Esta humanidad trae consigo su propia arquitectura. Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. Sentado cerca de su ventana, contemplarán la noche serena, las estrellas errantes. La brisa esparcirá en torno suyo los secretos del pasado; y movido por la ternura del cielo, por el recuerdo de los jardines desaparecidos, acaso escriba un bello libro.

*Para el 31 de diciembre de 1961, la población de la zona metropolitana era estimada en 1.389.707 habitantes.

Demolición, por Enrique Bernardo Núñez (1895 – 1964)

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Casa de ciudad

(…) Siempre he pensado que Caracas es una ciudad donde no puede existir ningún recuerdo. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica. En algún momento de mi vida me he horrorizado ante esta situación; hoy no. Hoy pienso que es una legitimidad, y así como hay pueblos que construyen, hay otros que destruyen. Hay pueblos que tienen en la destrucción un sentido de la vida, como algunos lo encuentran en la construcción. El caraqueño es un pueblo demoledor, no por nada, solo por ser fiel a su propia historia. (…)

José Ignacio Cabrujas

I

AL FIN termino por entender

que yo amo esta ciudad hasta la rabia:

es tierra y abono para la nostalgia.

Benditos constructores que no dejan ni una casa,

amadísimos urbanistas paisajistas

que siempre cambian los bancos de las plazas

(nada conserva su nombre

y lo agradezco de todo corazón),

que nada se acerque a la eternidad

que la ciudad que yo conozco

no la conozcan mis hijos,

que nunca rodemos por la misma calle,

que la nostalgia se construya todas las quincenas.

Casa de ciudad, por Rafael Arráiz Lucca

PD: El epígrafe NO pertenece al poema. Lo puse porque me pareció una coincidencia maravillosa y Cabrujas es el papá de los helados.

Así que podría irme, amanecer en otra ciudad, creer que respiro otro aire, cambiar de atuendo, gustos, colores y palabras, variar las salidas, pasar desapercibida, leer de otros muertos, que me importen menos, de otras guerras y atrocidades. Cambiar los hábitos, beber otra marca, comer con menos especias, no caminar y no leer el periódico. Las ciudades me llaman, me susurran vida nueva y otras delicias, a veces siento el gusto de la distancia y del extranjero en mi lengua, pero esas ciudades no nos contienen, ni conocen, no saben quienes somos.
Esa indiferencia me retorna a mi eje.

Me levanto en la mañana y el vaso donde te bebo, aun continua lleno.

Del libro Caracas mortal, de Claudia Noguera Penso

Caracas mortal

A veces cuesta levantarse en esta ciudad. Salir por cualquier puerta o resquicio puede significar el camino a la muerte, bajo el brazo inclemente de la miseria o simplemente del aburrimiento.
Pero también la ciudad puede ser amable y tierna, puede ser la diferencia porque sé, con certeza, que estarás allí, ese espacio que ocupas me devuelve la calma y me prepara el camino para otros días de ausencia.
Así es esta ciudad, vive su vida, tuerce voluntades, nos atornilla a su destino. La contemplo y me doy cuenta que no tengo adonde ir, Caracas nunca pierde, no deja de latir (aun cuando tenga el pecho abierto y se esté desangrando).
En ocasiones cuando te vas siento que caigo, pero la ciudad me recuerda que estamos hechos a su imagen y semejanza.

Claudia Noguera.

Su libro Caracas mortal está disponible en las librerías del país. Les recomiendo las del Centro Plaza en Altamira.

Mantras a Caracas

EL AMOR TÓXICO

por Leonardo Padrón.

Caracas arde

sin las conjeturas del sol.

Última hora

pero mientras el autor se decide

el poema persigue su destino

que son sus ojos

yo diría su piel o una calle de Caracas

o, en cambio, no diría nada

mientras ella lo está pensando

Poema, que parece una canción, que no parece poema.


ESO LO SÉ*

por César Segovia.

Acá se trae, no cátedra

Se pasa Caracas a pesar de taconear.

Te saca…

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Caracas era una fábula

(…)

Después vinieron los cuentos de la tarde, y entonces Caracas era “irreal”, ó fantástica, o inalcanzable, o tan solo un lugar donde monstruos, hadas madrinas, fantasmas y dragones decidían la suerte del mundo infantil.

Pero al fin y al cabo, era Caracas. Tal vez era la nostalgia que empujaba a Juana de Freites a imaginar así su distante ciudad antes de creerla dormida, apagada y cautiva de los caprichos del Patriarca, que ya se acercaba a su otoño.

Juana de Freites evadía la realidad mientras el niño Gabriel crecía “con la certidumbre mágica de que Genoveva de Bravante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala de El Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de Los Caobos, y que Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente, el Feroz”.

(…)

Y es que, según Gabo, Caracas fue desde entonces “la ciudad fugitiva de la imaginación, con castillos de gigantes, con fuentes que convertían en sapos el corazón, y muchachas de prodigio que vivían en el mundo al revés dentro de los espejos. Por desgracia, nada es más atroz ni suscita tantas desdichas juntas como la maravilla de los cuentos de hadas, de modo que mi recuerdo anticipado de Caracas siguió siendo el de siempre: la infeliz Caracas”.

(…) Por otro lado, el niño Gabriel García Márquez estaría marcado por otra huella indeleble: “la primera vez que la oí nombrar fue en una frase de Simón Bolívar: La infeliz Caracas”. La frase de Bolívar es “Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas”, y la pronunció en Cartagena el 15 de diciembre de 1812. Y de ahí en adelante, ha dicho Gabo: “pocas veces la he vuelto a oír nombrada sin que vaya precedida de ese antiguo prestigio de infelicidad. Al parecer, su destino es igual al de muchos seres humanos de gran estirpe, que no pueden ser amados sino por quienes sean capaces de padecerlos”.

(…)

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¿Y por qué no?

Hay un proyecto maravilloso dirigido por la ONG Por La Caracas Posible (http://www.porlacaracasposible.org/) llamado Me Gusta Caracas Por… El cual descubrí recientemente por culpa de Padrón (quien se sumó a dar su –pícaro- testimonio) y “busca generar sentido de pertenencia con la ciudad sin alejar a los habitantes de la realidad” (Según sus propios organizadores)

Decidí, como buena frasquitera, publicar testimonios de gente que es partícipe de mi cotidianidad. Claro, que no son Henrique Lazo, ni Daniela Kosán, ni Valentina Quintero (que puede dar un testimonio que dure hasta el próximo cumpleaños de la ciudad), pero son cómplices que tienen el sentido de propiedad bien puesto sobre éste valle.

Preguntarle a mi hermana de 11 años resultó un tanto más difícil de lo que creía, la elocuencia que la caracteriza la abandonó y empezó a balbucear adjetivos no pertenecientes a una ciudad. Y la entiendo. No es algo diario detenerte por un momento y observar de abajo hacia arriba a tu ciudad y de repente enumerar las razones por las que la quieres. A pesar de que existen, no te golpean la razón. Están ahí, son parte de ti. Tú no simplemente le interrogas a cualquier órgano por qué lo necesitas a menos que corras el riesgo de perderlo. Eso ocurre la mayoría de las veces con Caracas. Sigue leyendo