La Orestíada del Schaubühne

Antes de iniciarse la acción

El vigía no tiene prisa. Puede estar suspendido en ese lugar aguardando las nuevas interminablemente. Son otros los que se inquietan. Él sabe esperar. Como está alerta, no siente el tiempo. Por eso ocupa ese sitio. Si nada ocurriera, él seguiría allí, tal cual.

(…)

Rafael Cadenas.

I´m looking for the face i had

Before the world was made.

YEATS: The Winding Stair

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.

Jorge Luis Borges: El inmortal

Ulpiano Suárez ha empuñado su revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, (…)

Jorge Luis Borges: El muerto

Espero que encuentren el Aleph entre estos #Cuadernos y que María Kodama no me denuncie después de esto.

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La abracé dos veces: la primera para calcular cuánto tiempo había pasado sin ella. La segunda para conservar su olor.

Olía distinto. Siempre solía oler a brisa de playa; o incluso, cuando te sumergías, a hembra en verano. A mí. Ella olía a mí. A que aquella brisa, aquellos aromas playeros me pertenecían con ella.

Pero esta vez era distinto -o distante-. Era su esencia con un deje de olvido, de dolorosa libertad. Todavía me pertenecía, pero ya yo no estaba ahí. Así que la abracé de nuevo; tratando de devolverle mi estampa que alguna vez pensé que sería permanente, tratando de tenerla en mí un poco más tiempo, cada vez menos mía.

No tiene título ni pertenece a ningún proyecto. Sólo lo escribí hace casi un año en medio del guayabo más amargo de mi vida.

Leer: Acción de viajar hasta donde uno se encuentra.

2. Acción y efecto de vivir dos veces.

Andrés Neumann.

La sentencia de muerte más dura para la escritora fue un beso en el punto y final.

-Son sólo horas de sueño acumuladas -le dijo para calmarle, mientras cerraba los ojos para dormir para siempre.

Microcuentos, por Paola Assad.

–He encontrado lo que une una buena columna de periódico al amor, Kemal Bey –me dijo.

–¿Qué?

–Tanto el amor como la columna periodística deben satisfacernos ahora, pero la belleza y la fuerza de ambos se mide por su capacidad de no írsenos de la cabeza.

–Maestro, eso escríbalo algún día, por favor –le dije yo, pero él no me estaba escuchando a mí sino a la morena con la que bailaba.

El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk.

Tranquila, musa: no has llegado tarde

Más bien, perdona por recibirte así.

Ya sabes… desarreglada y rota,

como si me hubiese rendido ante tu ausencia.

No, no me molesta que me hayas despertado a las tres menos cuarto…

Bueno, quizá un poco.

Pero ya estás aquí y eso es lo que importa.

Ven.

Anda, sólo bésame las ojeras…

…que yo me encargo del resto.

Serie: Musa, por Paola Assad. (Inspirada en el cuento La visita, por Eduardo Liendo)

Eres mayor que tú mismo y sigues sin saber qué es la ausencia, el oro, la poesía.

Adam Zagajewski.

NOVELA CORTA

El mismo día entendió que jamás volvería a leer

y que era adicto a las mujeres peligrosas.

Decidió entonces

toda la lluvia en la primera página.

Métodos de la lluvia, por Leonardo Padrón.

FRAGMENTOS DE ALGUNOS DE LOS DOCE CUENTOS PEREGRINOS DEL GABO

Nadie cantaba ni se moría de amor en las tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares.

La santa

Lo vio alejarse por la acera de sombra con un trote ligero y el culito apretado y triste bajo la cola alborotada, y logró a duras penas reprimir los deseos de llorar, por ella y por él, y por tantos y tan amargos años de ilusiones comunes, hasta que lo vio doblar hacia el mar por la esquina de la Calle Mayor.

Después de la cena, larga y bien conversada, hacían de memoria un amor sedentario que les dejaba a ambos un sedimento de desastre.

Ambos eran conscientes de tener tan pocas cosas en común que nunca se sentían más solos que cuando estaban juntos, pero ninguno de los dos se había atrevido a lastimar los encantos de la costumbre.

María dos Prazeres

(…) ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte,, tratando de inventarlo otra vez cada vez que lo hacían.

-Imagínate -dijo-: Un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?

El rastro de tu sangre en la nieve.

Decidí hacerle una especie de homenaje a la ciudad de las luces, porque como ya muchos saben: “París siempre es una buena idea”. Todos los fragmentos los saqué del libro Ráfagas del tiempo: retratos, recuerdos del maestro Plinio Apuleyo Mendoza, quien vivió en la capital francesa una parte significativa de su vida.

(…)

Imposible refugiarse en un cine en agosto, pese a que es un mes propicio para las viejas películas ya olvidadas. En los muros, como en mis épocas de estudiante, se anuncian I bidoni e I vitelloni de Fellini. Me gustaría verlas, pero no hay pasión de cineasta, en agosto, que resista el olor de un cine de París, ese aroma que según Cortázar sólo los extranjeros advertimos, en el que se asocian de un modo criminal el sudor, el ajo y tibias lociones de peluquería.

(…)

La exposición se llama «El siglo de Kafka». Quizá Malraux, Hermingway, Saint-Exupéry, Dos Passos, Sartre o Camus parezcan expresar dimensiones más ambiciosas de su siglo. Kafka traduce en el ámbito metafísico la realidad cotidiana, íntima en apariencia, aplastante y sin sentido, de millares de seres molidos por el engranaje de una sociedad industrial. ¿Capitalista, solamente? Creo que la Checoslovaquia socialista hizo de él, además, un profeta. A lo mejor sea cierto: el siglo le pertenece.

París tropical, por Plinio Apuleyo Mendoza.

 

(…)

(…)Visto por la ventana, París continuaba haciendo brillar sus zarcillos de luz en el último resplandor del verano, con el encanto engañoso de una corista. Pero en la calle se oía ya, inoportuno recuerdo de sus miserias anónimas, la sirena de una ambulancia.

Regreso a casa, por Plinio Apuleyo Mendoza.

 

(…)

Por ese motivo, creo ahora, tardíamente, que uno debería tomar París en dosis razonables: cuatro años máximo, para absorber todo lo que una ciudad como ésta puede darle. Más allá, decía Truman Capote, en vez de enriquecerse, uno se empobrece. La batería se carga con fuerza y rapidez, pero luego no tiene oportunidad de poner en marcha motor alguno. Gradualmente le llega a uno la impresión de ser un espectador pasivo y no actor, y para colmo, un espectador que se ha quedado en la sala cuando la función ha concluido.

(…)

Pero para cada cual la vida tiene un sentido allí donde puede realizar algo, que es el lugar al que pertenece, y rara vez en algún otro. Quedarse inmóvil en París mirando pasar el mundo y las estaciones no es el papel de uno. Quizás sea el de la torre Eiffel.

Dejar París, por Plinio Apuleyo Mendoza.

(…)

–En verdad, los poetas tenemos siete vidas, siete vidas para estar seguros. Y siete muertes, y siete veces moriremos, Quizá fuera mejor tener sólo una vida, aunque hubiera que vivirla en una trampa y con un único trozo de queso por último aliento. ¿Acaso los poetas no pertenecemos a la estirpe de los leones del desierto y de la selva?

El vagabundo: Siete vidas, por Khalil Gibrán

(…)

Entonces agregué: –¡Qué mujer tan extraña!

Más él respondió: –Ella es como la vida, poseída por todos los hombres; como la muerte, conquista a todos los hombres; y como la eternidad, envuelve a todos los hombres.

El vagabundo: Ayer, hoy y mañana, por Khalil Gibrán.

(…)

En mi caso, se trata de un amor tardío. Y como ocurre casi siempre con los amores crepusculares, es inexplicable y tiene en alguna parte un sedimento de culpa. Nadie entiende por qué decidí un día regresar a Roma y no a París. Y la culpa surge cuando uno mira hacia atrás, hacia el revuelto país que ha dejado y confronta los sangrientos dramas que pavimentan su vida con este mundo alegre donde enjambres de muchachos llenan las calles noche y día sin inquietud alguna. Ríen, cantan. Nunca como ahora, en primavera, es tan triste y definitiva la distancia entre nuestros dos mundos.

Un amor tardío, por Plinio Apuleyo Mendoza.

(…)

Graves tenía el don de los poetas de decir cosas profundas en pocas palabras.

–Tú conociste a Virginia Woolf. ¿Cómo era? –Le preguntó Marvel.

–Virginia –Contestó él muy despacio– Era una mujer muy bella, muy inteligente y muy triste.

Robert Graves, por Plinio Apuleyo Mendoza.

Veintitrés años después se cruzaron. Y no se reconocieron por su aspecto, sino por el olor del deseo pendiente.

Francesc Llorens.

Primero le quitó las dudas, las bragas cayeron solas.

Marcos Ley

Una primera señal de que se inicia el entendimiento es el deseo de morir.

Franz Kafka.

Consecratio I¹

(…)

Un día le dije:

Aún no sé a qué huele tu piel mojada.

Siglos después subió al avión

para enseñarme que la mujer no tiene edad

y que el hombre tiene la edad de la mujer que ama.

Nunca nos bajamos del exilio.

¹ Consecratio, del latín: dedicatoria, consagración, inmolación.

José A. Sáenz A.