Yo sé de pájaros

Una vez rescaté un pichón de azulejo
era eso o que fuera almuerzo pa hormigas
sus padres no lo rechazaron por que de tanto silencio ya ni siquiera
tengo olor
propio

Han estado conmigo, comiendo del mismo plato
y hasta se dejan arrancar las plumas si soy amable:

las quiero para un marcalibros, les digo… y eso basta.

Así que no me vengan a decir que los poetas no saben de pájaros por que yo
sin ser poeta
sino Artista
cada vez que escribo un puto poema
con el dolor de un parto jodido

logro parir un azulejo
o un buitre

según sea el caso, por supuesto

Susan Helen Urich Manrique

No caminas. Deambulas

No caminas. Deambulas

en medio de esa gente ajena

a tu tormento. La pequeña ciudad

no existe sin ella.

Regresas a casa y de vez en cuando

esperas una llamada por teléfono.

Los amigos siguen preocupados por ti,

por esa antigua dolencia del corazón.

La tarde transcurre feroz y nítida.

Es extraño que todo esto va a pasar, murmuras.

Morirá para ti esta noche,

como en el verso del poeta,

y lejano el día

vislumbras otro asombro ante otro cuerpo.

Y enciendes, distraído, otro cigarro.

No caminas. Deambulas, por Harry Almela

Otras razones para escribir

(…)

Escribo, escribo, escribo,

escribo para enseñarme todo lo que desconozco

de mí misma,

todo lo que no quiero terminar de conocer.

Escribo, escribo, escribo,

escribo para que el día que no me mires no

quieras marcharte,

para que el día que quieras irte lo hagas sin dudar.

Escribo, escribo, escribo,

escribo porque la música es suficiente y yo soy

persona de excesos

Escribo, escribo, escribo,

para nunca saciar este hambre de todo que

se vacía con nada.

Escribo, escribo, escribo.

No dejo de escribir.

No quiero morir.

(Y es que aquí dentro solo late un pensamiento:

qué será de mí cuando descubra

que las palabras también son mentira).

Solo conmigo. Solo contra mí, por Elvira Sastre.

Tuya

MÍA

Mía: así te llamas.

¿Qué más harmonía?

Mía: luz del día;

Mía: rosas, llamas.

¡Qué aromas derramas

en el alma mía,

si sé que me amas,

oh Mía!, ¡oh Mía!

Tu sexo fundiste

con mi sexo fuerte,

fundiendo dos bronces.

Yo, triste; tú triste…

¿No has de ser, entonces,

Mía hasta la muerte?

Rubén Darío (1867 – 1916)

Perplejidad

Fluyes delimitada por mis manos

cuando en tu vientre atrapo los reflejos

del duro pez que entre muslos perplejos

navega hacia naufragios no lejanos

luego tu ensueño encuentra mi memoria

húmeda de un sudor que es ruego ambiguo

y yo huelo en tu olor mi olor antiguo

cual si fuera anticipo de infiel gloria.

Fluyes delimitada por la duda

que entreteje mi sangre y te desnuda

con un vértigo atroz que no se olvida

mientras tu arisca piel le concedía

a mi boca, la espléndida osadía

de arar sobre la tierra prometida.

Perplejidad, por José Antonio Sáenz Astort. (Debo confesar que es mi favorito en éste momento)

Canción, poema

Nunca fue tan hermosa la mentira
como en tu boca, en medio
de pequeñas verdades banales
que eran todo
tu mundo que yo amaba,
mentira desprendida
sin afanes, cayendo
como lluvia
sobre la oscura tierra desolada.
Nunca tan dulce fue la mentirosa
palabra enamorada apenas dicha,
ni tan altos los sueños
ni tan fiero
el fuego esplendoroso que sembrara.
Nunca, tampoco,
tanto dolor se amotinó de golpe,
ni tan herida estuvo la esperanza.

Canción, por Piedad Bonnett.

Desnuda

Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros
como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.


Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como un niño perdido
que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.


Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que me nutre,
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a las sombras los deseos me ladran.


Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.


El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.


El día en que te mueras te enterraré desnuda
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.

Desnuda, por Roque Dalton (1935-1975)