(…)

A pesar de sus treinta mil automóviles y de sus cuatrocientos mil habitantes*, del gran número de bares, boites, dancings, restaurants, cines y hoteles, Caracas tiene de noche su aire conventual. Las ventanas están cerradas; las calles, desiertas. Se oye el toque de ánimas. Hay esquinas y portales con cruces y hornacinas. Al Norte se levanta el Ávila. Al Sur corre el Guayre despojado de su verdor de sauces. Al Oeste, Catia, sitio de los primeros establecimientos. Al Este, la gran arteria del futuro. Gentes de todos los países se apoderan de ella. La Ciudad de los Techos Rojos se encuentra hoy en la ruta de un gran éxodo. Esta humanidad trae consigo su propia arquitectura. Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. Sentado cerca de su ventana, contemplarán la noche serena, las estrellas errantes. La brisa esparcirá en torno suyo los secretos del pasado; y movido por la ternura del cielo, por el recuerdo de los jardines desaparecidos, acaso escriba un bello libro.

*Para el 31 de diciembre de 1961, la población de la zona metropolitana era estimada en 1.389.707 habitantes.

Demolición, por Enrique Bernardo Núñez (1895 – 1964)

Novata

CRÓNICA DE LOS OLORES DE MI CASA

Lunes, siete de septiembre del año en curso.

[Es un piso diez en una torre uno al oeste de la capital de una tierra de gracia (que muchas veces suele abrigarse con cierto prefijo), al final de una avenida extensísima, con el nombre de un prócer que en algún momento se pensó que era arrecho (y que ahora, debido a los colores colectivos que están pisando la segunda década, se le tira tierra al pobre de Páez), con una subida que siempre está nublada, casi pisándole los talones a un elevado cuyo nombre siempre olvido, a menos de media cuadra de un colegio de monjas que se le ha otorgado la pecaminosa etiqueta de ser un campo de entrenamiento para niñas fáciles y un taller mecánico con nombre de apellido religioso debido a la calle mentada de la misma forma, en donde se sitúa un hotel con menos de un año de inaugurado cuya publicidad en la radio viene acompañada de una música tropical seleccionada de forma torpe, pero casi acertada. Todo esto tiene un aspecto hosco, desinteresado, curtido y, a pesar de que las calles estén en lo que cabe limpias, sucio. Esto es El Paraíso.

Se supone que mi apartamento es el 10-C, pero hace unos cinco años cambiamos de puerta debido a un suceso insólito y cansón de contar y no le hemos colocado ni perilla ni, mucho menos, una placa identificando el apartamento. No lo veo tampoco necesario, llevo quince años viviendo en el mismo lugar. Con el mismo piso poroso de granito blanco y las mismas piedrecillas incrustadas que parecen reales –y que a estas alturas no sé si lo sean, el mismo balcón cada vez menos amplio que da hacia un muro de contención que ahora parece de juguete y arriba de él, la misma cota frágil que nunca llegó a los mil sino a los novecientos cinco. Las mismas casitas con las mismas paredes sin frisar, con los mismos bombillos en el improvisado porche y los mismos papagayos hechos de bolsa plástica y pabilo que ondean con una generación de conductores –ya expertos- descamisados y sonrientes.

Cuando llueve con sol, El Paraíso se vuelve un edén confundido]

9:10 AM

Despierto. El humor es una bola de ping-pong que golpea los rincones del humor. No hay suficiente café para tener paciencia.

PING. Hay incertidumbre en las esquinas de mi cama que todavía sigue siendo bote.

PONG. Desayunar con un coctel de antibióticos no es agradable. Huelen a óxido, a tierra seca, a nubes de polvo de laboratorio.

PING. Una suerte de sopor me besa los párpados, la sábana está hecha de una tela demasiado suave que huele a sol y mi almohada a champú de niños.

PONG. Por una de paranoia dulce y auto inducida, siento que huelo a él y recuerdo que he estado lejos de su saliva demasiado tiempo, pero que aun así su olor no abandona mi casa. Sigue leyendo

Un papagayo de 61 años

Papagayo: Llamado también en otras partes del mundo como: cometa, barrilete, pandorga, volantín, volador, pipa, chiringa, lechuza, piscucha, cerf-volant. 

Es un juguete que consiste en un armazón hecho con veradas que se amarran con pabilo y luego se le coloca papel celofán, de seda o plástico; además hay que añadirle una cola hecha de tiras de trapo para darle estabilidad en el aire.

Papagayo 1: “Si Maduro es el presidente, yo soy el pájaro loco”

Rafael Araujo suele recorrer Caracas con la voz sediciosa de su papagayo. Es mejor que una pancarta, dice. La pancarta alcanza dos, tres metros. Un papagayo logra 30 metros de altura, o más, porque se eleva a través de las redes sociales y llega al resto del país.

Papagayo 2: “No dejaremos solos a los estudiantes”.

El papagayo refulge en mitad de la masa. Los colores son vistosos. Tarda un día en hacerlo. Suele conservar la misma estructura, hasta que aguante. Lo demás es ingenio, calle y tenacidad.

Papagayo 3: “Jueza Afiuni, perdóname por hacer tan poco”.

Caña amarga en las quebradas. Verada en los mercados populares. Papilo y papel de seda en la Plaza de San Jacinto. Papel bond muchas veces. A veces los niños le piden que les regale el papagayo. No puede. Sería quedarse mudo. Sin propósito.

Papagayo 4: “Guyana perforará nuestro Esequibo, ¿lo permitiremos?”.

La gente ya lo reclama, lo busca con la vista, posa con él para las fotos. En Quebrada Honda un indigente apenas lo vio le preguntó “¿Y el papagayo?”. Es un ícono ambulante de la ciudad.

Papagayo 5: “El pueblo se la/menta al gobierno en la cola”

Sus frases oscilan entre el humor, la solidaridad y el reclamo. No hay tema de la realidad nacional que le sea ajeno. El código de su protesta es tan pacífico como poderoso. Son diez años, más de 6 mil papagayos y los zapatos rotos de tanto caminar. Papagayo 6: “Yo creí que esta corredera era porque había comida”

Rafael Araujo es un papagayo de 61 años.

Extracto de la crónica El hombre del papagayo, por Leonardo Padrón ( http://leonardopadron.com/el-hombre-del-papagayo/ )

[Y aprovechando este delicioso martes de crónicas y ciudad, les dejo una maravilla de Mr. McKey acerca de el Festival Caracas En Contratiempo: http://prodavinci.com/blogs/cronica-encontratiempo_-1-de-4-hace-cuanto-no-bailaba-en-una-plaza-por-willy-mckey/ ]

Caracas, la cómplice

Cuando comienzas una lectura y te detienes en la primera palabra, algo está sucediendo; algo que se desliza entre los extremos puntiagudos de la excelencia y la mediocridad –y hay que tener algo de genio para que el lector se deslumbre apenas culmine la primera palabra, o el lector debe tener algo de idiota-.

El caso es que me pasó sin buscarlo, como suceden la mayoría de las maravillas. Hace poco, cuando el año me regalaba su último día de julio, tropecé con un la espléndida memoria de Plinio Apuleyo Mendoza impresa en el libro Ráfagas de tiempo. Retratos, recuerdos, del cual estoy segura hablaré varias veces más adelante.

Así que caí en el cuento/crónica titulado Un recuerdo de Perón, donde me pasó exactamente el fenómeno descrito al empezar: me detuve en la primera palabra con una inevitable sonrisa que brillaba a tres colores.

«Caracas.»

Ese nombre imponente y dulce, tan ambiguo como la descripción que cualquier caraqueño pueda ofrecerle al mundo sobre nuestra crujiente ciudad. Con esa letra capital en divina negrita, aquel dominante punto final; como si fuera una síntesis de todo el texto, el cómplice más pícaro de Perón (que quizá, hasta cierto punto, lo fue). Invade mi cuerpo éste orgullo cálido que siente cualquier venezolano sin importar la crisis o el clima. Y uno empieza a fanfarronear internamente, porque Caracas es tan bonita que su nombre de primera línea da cosquillas en la boca.

«Caracas.»

Leo nuevamente y sonrío, más que convencida de que el cuento que elegí para ésta tarde con ansia de tinta ha sido un acierto invaluable. Y es que, un texto con semejante principio no puede pecar de mediocre. Sigue leyendo