Caracas, la cómplice

Cuando comienzas una lectura y te detienes en la primera palabra, algo está sucediendo; algo que se desliza entre los extremos puntiagudos de la excelencia y la mediocridad –y hay que tener algo de genio para que el lector se deslumbre apenas culmine la primera palabra, o el lector debe tener algo de idiota-.

El caso es que me pasó sin buscarlo, como suceden la mayoría de las maravillas. Hace poco, cuando el año me regalaba su último día de julio, tropecé con un la espléndida memoria de Plinio Apuleyo Mendoza impresa en el libro Ráfagas de tiempo. Retratos, recuerdos, del cual estoy segura hablaré varias veces más adelante.

Así que caí en el cuento/crónica titulado Un recuerdo de Perón, donde me pasó exactamente el fenómeno descrito al empezar: me detuve en la primera palabra con una inevitable sonrisa que brillaba a tres colores.

«Caracas.»

Ese nombre imponente y dulce, tan ambiguo como la descripción que cualquier caraqueño pueda ofrecerle al mundo sobre nuestra crujiente ciudad. Con esa letra capital en divina negrita, aquel dominante punto final; como si fuera una síntesis de todo el texto, el cómplice más pícaro de Perón (que quizá, hasta cierto punto, lo fue). Invade mi cuerpo éste orgullo cálido que siente cualquier venezolano sin importar la crisis o el clima. Y uno empieza a fanfarronear internamente, porque Caracas es tan bonita que su nombre de primera línea da cosquillas en la boca.

«Caracas.»

Leo nuevamente y sonrío, más que convencida de que el cuento que elegí para ésta tarde con ansia de tinta ha sido un acierto invaluable. Y es que, un texto con semejante principio no puede pecar de mediocre. Sigue leyendo

Anuncios