#DaddyCruzDiez (1/2)

–De ser editor, ¿si le negaran las divisas para adquirir papel?

–Me dedicaría a vender periódicos viejos.

(…)

–¿Atentan contra la paz la telenovelas?

–¿La paz de la morgue?

–¿Es Venezuela un país de exposición?

–Expones la vida cada vez que sales a la calle.

–A sus 90 años, ¿se casaría con una chica de 30?

–No me gustaría llevar un par de cachos.

–¿El secreto de una larga vida?

–Hacer todo lo contrario a los consejos que dan los que quieren alargártela.

–¿Se arrepiente?

–No, me lamento. El no haber podido desarrollar mi vida de artista en mi país, rodeado de mi gente.

–¿Conoció a Reverón?

–Nos visitaba en la Escuela de Artes Plásticas. Era un artista lúcido. Una vez nos dijo: “Muchachos, cuando estén pintando cierren los ojos al máximo y pinten lo que ven a través de las pestañas; lo demás sale solo”… Era la luz, pintar la luz.

–¿Una ideología?

–Todas las ideologías y las religiones están sustentadas sobre millones de cadáveres. Un artista para hacer conocer su obra no necesita matar ni atropellar a nadie.

–¿Un recuerdo infantil?

–Una cucaracha metida en mi camisa y yo corriendo desesperado tratando de sacarla.

–¿Un líder?

–Mi conciencia.

–¿Una obra de arte revolucionaria?

–Todas las obras que han abierto un camino.

–¿La suya?

–He hecho un gran esfuerzo para abrir un camino. El tiempo lo dirá.

–¿Una lectura?

–La que me dé información de lo que estoy viviendo.

–¿Extraña a las féminas de antaño?

–Mi generación fue víctima de los prejuicios y tabúes sexuales.

–¿El sabor de tantos premios?

–Saben muy bien porque los celebro en un buen restaurante.

(…)

–¿Una promesa como CruzDiez?

–Venezuela es una mina de jóvenes promesas en el arte, la música, las letras, el teatro, el cine…

–¿Cómo digiere la fama?

–La fama no se busca, llega sola. Lo difícil es gerenciarla.

–Decía Alfredo Boulton que los artistas son “anormales”. ¿Su extrañeza?

–Si fuéramos normales, no seríamos artistas. Nadie arriesga su vida en una profesión incierta y sin esperanza. Los que logramos audiencia, somos unos cuantos privilegiados.

(…)

Entrevista realizada al maestro del cinetismo Carlos Cruz Diez por Jolguer Rodríguez Costa, el nueve de febrero de 2014. Estas son mis respuestas favoritas, las publicaré en dos partes.

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(…)

A pesar de sus treinta mil automóviles y de sus cuatrocientos mil habitantes*, del gran número de bares, boites, dancings, restaurants, cines y hoteles, Caracas tiene de noche su aire conventual. Las ventanas están cerradas; las calles, desiertas. Se oye el toque de ánimas. Hay esquinas y portales con cruces y hornacinas. Al Norte se levanta el Ávila. Al Sur corre el Guayre despojado de su verdor de sauces. Al Oeste, Catia, sitio de los primeros establecimientos. Al Este, la gran arteria del futuro. Gentes de todos los países se apoderan de ella. La Ciudad de los Techos Rojos se encuentra hoy en la ruta de un gran éxodo. Esta humanidad trae consigo su propia arquitectura. Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. Sentado cerca de su ventana, contemplarán la noche serena, las estrellas errantes. La brisa esparcirá en torno suyo los secretos del pasado; y movido por la ternura del cielo, por el recuerdo de los jardines desaparecidos, acaso escriba un bello libro.

*Para el 31 de diciembre de 1961, la población de la zona metropolitana era estimada en 1.389.707 habitantes.

Demolición, por Enrique Bernardo Núñez (1895 – 1964)

Casa de ciudad

(…) Siempre he pensado que Caracas es una ciudad donde no puede existir ningún recuerdo. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica. En algún momento de mi vida me he horrorizado ante esta situación; hoy no. Hoy pienso que es una legitimidad, y así como hay pueblos que construyen, hay otros que destruyen. Hay pueblos que tienen en la destrucción un sentido de la vida, como algunos lo encuentran en la construcción. El caraqueño es un pueblo demoledor, no por nada, solo por ser fiel a su propia historia. (…)

José Ignacio Cabrujas

I

AL FIN termino por entender

que yo amo esta ciudad hasta la rabia:

es tierra y abono para la nostalgia.

Benditos constructores que no dejan ni una casa,

amadísimos urbanistas paisajistas

que siempre cambian los bancos de las plazas

(nada conserva su nombre

y lo agradezco de todo corazón),

que nada se acerque a la eternidad

que la ciudad que yo conozco

no la conozcan mis hijos,

que nunca rodemos por la misma calle,

que la nostalgia se construya todas las quincenas.

Casa de ciudad, por Rafael Arráiz Lucca

PD: El epígrafe NO pertenece al poema. Lo puse porque me pareció una coincidencia maravillosa y Cabrujas es el papá de los helados.

120915

Porque todos merecen saber qué es lo que está pasando en Venezuela

http://prodavinci.com/2015/09/11/actualidad/7-claves-sobre-la-sentencia-contra-leopoldo-lopez-monitorprodavinci/

http://prodavinci.com/2015/09/11/actualidad/lea-aqui-la-carta-de-leopoldo-lopez-a-los-venezolanos-emitida-desde-ramo-verde/

http://prodavinci.com/blogs/por-que-esta-preso-leopoldo-lopez-video-por-willy-mckey/

Conozcan a Devendra Banhart, un colega geminiano que la está partiendo con su música:

http://complotmagazine.com/devendra-banhart-cualquier-vaina/

A cierto geniecillo se le ocurrió combinar fútbol con literatura y no está nada mal:

http://complotmagazine.com/el-abecedario-del-futbol/

Una canción que me tripeado muchísimo últimamente:

Confieso – Leonel García Ft. Natalia Lafourcade

Novata

CRÓNICA DE LOS OLORES DE MI CASA

Lunes, siete de septiembre del año en curso.

[Es un piso diez en una torre uno al oeste de la capital de una tierra de gracia (que muchas veces suele abrigarse con cierto prefijo), al final de una avenida extensísima, con el nombre de un prócer que en algún momento se pensó que era arrecho (y que ahora, debido a los colores colectivos que están pisando la segunda década, se le tira tierra al pobre de Páez), con una subida que siempre está nublada, casi pisándole los talones a un elevado cuyo nombre siempre olvido, a menos de media cuadra de un colegio de monjas que se le ha otorgado la pecaminosa etiqueta de ser un campo de entrenamiento para niñas fáciles y un taller mecánico con nombre de apellido religioso debido a la calle mentada de la misma forma, en donde se sitúa un hotel con menos de un año de inaugurado cuya publicidad en la radio viene acompañada de una música tropical seleccionada de forma torpe, pero casi acertada. Todo esto tiene un aspecto hosco, desinteresado, curtido y, a pesar de que las calles estén en lo que cabe limpias, sucio. Esto es El Paraíso.

Se supone que mi apartamento es el 10-C, pero hace unos cinco años cambiamos de puerta debido a un suceso insólito y cansón de contar y no le hemos colocado ni perilla ni, mucho menos, una placa identificando el apartamento. No lo veo tampoco necesario, llevo quince años viviendo en el mismo lugar. Con el mismo piso poroso de granito blanco y las mismas piedrecillas incrustadas que parecen reales –y que a estas alturas no sé si lo sean, el mismo balcón cada vez menos amplio que da hacia un muro de contención que ahora parece de juguete y arriba de él, la misma cota frágil que nunca llegó a los mil sino a los novecientos cinco. Las mismas casitas con las mismas paredes sin frisar, con los mismos bombillos en el improvisado porche y los mismos papagayos hechos de bolsa plástica y pabilo que ondean con una generación de conductores –ya expertos- descamisados y sonrientes.

Cuando llueve con sol, El Paraíso se vuelve un edén confundido]

9:10 AM

Despierto. El humor es una bola de ping-pong que golpea los rincones del humor. No hay suficiente café para tener paciencia.

PING. Hay incertidumbre en las esquinas de mi cama que todavía sigue siendo bote.

PONG. Desayunar con un coctel de antibióticos no es agradable. Huelen a óxido, a tierra seca, a nubes de polvo de laboratorio.

PING. Una suerte de sopor me besa los párpados, la sábana está hecha de una tela demasiado suave que huele a sol y mi almohada a champú de niños.

PONG. Por una de paranoia dulce y auto inducida, siento que huelo a él y recuerdo que he estado lejos de su saliva demasiado tiempo, pero que aun así su olor no abandona mi casa. Sigue leyendo